Las calles paralelas unas tras otras hablaban silenciosamente mientras allí se gritaba ruido. Caminantes incansables se acercaban sin querer como si cruzaran una calle más, notando el jaleo que ese hábitat emanaba, y se ponían las manos en los laterales de la cabeza, frunciendo el ceño y agachándose, mientras aligeraban el paso frente a ese ruido concentrado en unos metros. Sin embargo, no todos los paseantes lo notaban, al igual que tampoco se percataban los que tragaban en esos metros ruidosos, sin saberlo. – ¿Ruido? – le  contestaban cuando se lo mensajeaban -. Vivían cada día a su parecer, silenciosamente, sin percibir ese jaleo que supuestamente les rodeaba. Y es que, era cierto, sentían diariamente ruido a su alrededor, pero ruido silencioso, un silencio no necesario ni pedido, pesado, aburrido, monótono, escaso y hambriento de luz e intensidad clara.

Fue un mercader que solía pasar por esa vía diariamente quien recibió el fallo. Todos los días cantaba sus productos a lo que la gente acudía a comprar sus mejores provechos, excepto en ese lugar; no lo oían, había ruido. Como cuando aplauden forzadamente al final de un evento que dutativamente gusta, de un acto hecho verso, que te lleva a otras sonrisas casi invisibles, y como cuando al final de ese viaje te das cuenta de que no todo es cierto, y aparece el sonido.

El mercader buscaba entre las sombras de ese lugar pero no conseguía conservar ni analizar; investigaba como cual actor busca entre el público su mejor aplauso al final de la obra o parodia, pero no encontraba. Así pasó los días, buscando.

Los habitantes del recóndito lugar “silencioso” vivían tranquilos, pasivos; el mercader los podía ver a través de sus personales ventanas. Salían y entraban mientras el mercader gritaba su mercancía, pero no obtenía ni respuesta ni mirada alguna. Estaban llenos de eco. Él empezó a contagiarse. – ¿Por qué allí? ¿Por qué ellos? ¿Y cómo vaciar ese ruido? -.  Viajó y traspasó fronteras para seguir vendiendo y sobreviviendo. Conoció a gente limpia, grande y pequeña a la vez, pero también adquirió con su memoria lugares llenos de ruido silencioso. No supo cambiar ese fin. No pudo ayudar a cambiar ese vacío ruido plano que inundaba lo medio lleno. Y se colmó de tristeza al comprobar lo recto y lo egoísta que era el mundo para algunos y lo entretenido y fugaz que era para otros. Murió pensando en la esperanza, se reencarnó inhalando corazón y resucitó escupiendo luz para aclarar los ojos. Aun así, hasta en el silencio mejor cultivado, hasta en los  ojos mejor mirados, invisible unas veces, real otras, crecía ruido.

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